(Marcos 10, 2-16)

Jesús habla sobre el divorcio y sobre la indisolubilidad del matrimonio, y para ello hace referencia a los orígenes de la creación, y concluye diciendo: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Está hablando del plan de Dios al crear al hombre, como pareja. Está hablando que la institución del matrimonio es obra de Dios.

Esta frase de Cristo significa mucho. Mucho más de lo que estamos acostumbrados a pensar. Significa entre otras cosas que Dios creó el amor, como obra suprema, cuando estuvo desarrollando las maravillas que salían de sus manos, y el hombre inventó el egoísmo; y por eso salió del paraíso, porque en el paraíso de Dios, que es el amor, no cabe el egoísmo . Dios creo el matrimonio y el hombre inventó el divorcio. Dios creó la pareja para la unión, y los hombres creamos a los rivales para el enfrentamiento. Realmente que falta una comprensión cabal de lo que es el amor, y por tanto de lo que es el matrimonio, que consagra el amor humano.

Algo fundamental para comprender el matrimonio es que es Dios el que une en el Sacramento, por tanto, el sacramento del matrimonio no es un hecho sólo de la pareja, es un acto de Dios, y por tanto, no está al alcance de los hombres el deshacer un acto de Dios. Por eso, en la ceremonia del matrimonio, se dice “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Si se busca libremente el “sacramento” del matrimonio, se está escogiendo la “obra de Dios”.

Pero además de que no entendemos cabalmente el matrimonio como “obra de Dios”, tampoco hemos comprendido el amor. Quizá podemos decir que no son muchas las personas que aman de la forma en que Dios establece el amor.

Llamamos amor (y especialmente refiriéndome al amor de pareja) a muchas cosas, que aunque sean compañeras del amor no son “el amor”. La “química” no es el amor. Esa corriente de acercamiento que se establece entre dos personas, apenas se conocen, puede hacer germinar el amor, pero no es el amor. La atracción que surge entre dos personalidades que van “envueltas” en un cuerpo, y entre las cuales también existe atracción corporal, tampoco es el amor; es verdad que con esa leña, puede surgir el fuego. Pero el amor es el fuego, no la leña. La pasión tampoco es el amor, aunque el amor matrimonial muchas veces va acompañado de pasión.

En muchas de estas circunstancias que rodean el amor, intervienen de una manera o de otra, elementos importantes de la persona, pero el amor es algo que va más allá. Porque el cuerpo, la figura, la mirada, el tono de la voz, la sicología, etc etc no son lo central de la persona, aunque sean tan importantes. Esos elementos complementarios de nuestra realidad personal, hacen brotar pasión, química, atracción, simpatía, pero no constituyen la esencia del amor. Y hay muchas personas que confunden esos efectos mutuos entre personas, con el amor. Hay personas que piensan que aman a otra, porque esa otra persona “les gusta”. O porque su figura les ha producido un torbellino interior.

Como digo estos elementos son complementos del amor. Pero cuando el amor se reduce a eso, tiene el peligro grave de acabarse. Y entonces, por confundir el amor, con lo que no es más que su complemento, se fracasa.

El amor, es algo que nos hace semejantes a Dios. Es la capacidad de una persona de darle su vida totalmente a otra. Habrá precedido fascinación mutua, gusto por estar juntos, simpatía, atracción, pasión. Pero todo eso debe hacer brotar en cada uno de los miembros de la pareja, un acto enteramente del espíritu. Un acto del yo, que conscientemente decide convertirse en “regalo gratuito y total” para otra persona. Cuando se produce ese acto interior en el centro de la persona, que quiere ser totalmente para la otra, entonces podemos decir que hay el amor. Y esa donación debe ser total (todo yo, lo que soy y lo que seré). Por tanto, si hay amor verdadero, debe haber perpetuidad. Y sólo ama aquel que es capaz de una donación total. Lo demás serán “aproximaciones” de lo que es el amor. Y llevan consigo el problema de la inconsistencia y de la fragilidad: se podrán romper con cualquier impacto.

El amor es una participación de la fidelidad, permanencia y donación de Dios mismo. Pero pocas veces las personas hacen una donación de verdad a otra persona. Es fundamental hacer esta donación que se traduce en pertenencia, para poder decir que amamos. Y cuando el amor es así, es natural que se quiera pedir a Dios que lo consagre con un sacramento.

P. Adolfo Franco, SJ