Juan 6, 41-52

Este es un párrafo del capítulo que el evangelio de San Juan dedica al discurso eucarístico que hace Jesús ante los discípulos y ante la gente que ha participado de la multiplicación de los panes. A este discurso la liturgia le va a dedicar varios domingos.

Hay dos temas centrales en todo el discurso y que se van entremezclando: la necesidad de comer el cuerpo de Cristo y la necesidad de la fe.

En el párrafo de hoy leemos la siguiente afirmación entre otras: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna». Esta afirmación nos invita a reflexionar sobre la fe.

Es una afirmación fuerte, importante para cada persona. Junta el destino futuro de cada uno de nosotros, la posibilidad de alcanzar la vida eterna, con el hecho de creer. Cuando se afirma esto nos viene enseguida la pregunta: y los que sin culpa propia no creen ¿no se podrán salvar? No se puede entrar a fondo, en un comentario breve, de toda la explicación de la salvación de los no cristianos, que también está implicada en esta afirmación; por eso nos detendremos sólo en la necesidad de la fe en sí misma.

La fe es uno de los actos más profundos y más comprometidos que puede hacer una persona, siempre acompañada por la gracia de Dios, pues sin la ayuda de Dios es imposible creer. Pero la fe es un acto muchas veces tremendamente difícil.

Algunas dificultades entraña la fe: Y una primera es el misterio de Dios mismo: porque todas las verdades alrededor de Dios son un desafío a nuestra inteligencia, a nuestro entendimiento racional. Hablamos de misterios: la verdad sobre la Santísima Trinidad es un misterio, que Jesucristo sea Dios y a la vez hombre, la presencia de Cristo en la Eucaristía, y tantas otras verdades que Cristo nos reveló y que nos enseña la Iglesia, son misterios. No podemos pretender entenderlas, pero tampoco es ilógico creer en ellas, por el hecho de que sean incomprensibles a nuestro entendimiento. Si hay misterios en las mismas realidades materiales, ¿por qué extrañarnos de que haya misterios en Dios? No entendemos ni sabemos explicar la esencia de la materia y de la energía, no sabemos cómo una imagen que ve nuestro ojo termina elaborándose hasta convertirse en idea… Hay tantas realidades materiales que son un misterio. El misterio en las cosas de Dios lo que indica es la pequeñez de nuestra mente para captar la realidad que sobrepasa toda inteligencia creada.

Otra dificultad seria para la fe es el dolor. Todo el libro de Job es una meditación sobre este punto ¿por qué el dolor? Claro que algunas veces llegamos a penetrar el sentido de un determinado dolor en una persona, pero muchas veces no es así y nos encontramos frente a dolores «absurdos». Nuestra mente a veces nos lleva a equivocaciones como la de pensar en el dolor como un castigo de Dios. Ya a Jesús le preguntaron una vez los discípulos a propósito de un ciego: «¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?» (Jn 9, 2). Incluso en este mismo hecho Jesús no dio una explicación, sino elevó el problema a otro nivel: «es para que se manifieste la gloria de Dios» (Jn 9, 3) En el libro de Job, todos los personajes que intervienen (incluido el mismo Job) pretenden buscar una explicación a los males que le han sobrevenido a Job. Al final Dios habla, pero no «explica» el problema. Es una barrera que sólo se puede saltar con la absoluta fe en la infinita bondad de Dios.

La fe es un don de Dios, que ciertamente nos ayuda frente al misterio y frente al dolor: pero no convierte en entendible lo que es absolutamente superior a la razón. Y en esta

fe está precisamente nuestra salvación, como dice Jesús: el que cree en mí tiene la vida eterna.

Me parece conveniente añadir algo más, sobre esta afirmación de que el que cree tiene vida eterna. La fe no sólo es un don que Dios nos concede para salvarnos, sino que incluso para esta vida es una ayuda invalorable. Podríamos decir: “sin fe no se puede vivir”. Y de hecho los que se dicen agnósticos y ateos, necesitan buscar un sentido a la vida. Y cuando no tienen una fe cristiana se inventan tantos credos: hay muchos ateos supersticiosos. El mismo ateísmo es una forma negativa de fe.

Los que hemos recibido el don maravilloso de la fe sí entendemos, cómo ésta nos ayuda a vivir. Nos ayuda a tener un maravilloso horizonte por el cual vale la pena esforzarse. La fe nos da un fundamento sólido en los momentos en que el dolor puede hacernos difícil la vida. La fe es vivir con la seguridad de que estamos protegidos y en buenas manos; y eso ayuda tremendamente especialmente cuando experimentamos nuestra propia fragilidad. Qué verdad es que el cree, tiene vida eterna.

P. Adolfo Franco, SJ